
23 de abril de 2005. Como cada año, me dispongo a bajar a las Ramblas de Barcelona. El objetivo es muy claro: pasear entre libros y rosas en el día de Sant Jordi. Antes de salir de mi casa me hago a la idea de que no voy a estar solo, sino que me van a acompañar, en todo momento, varios centenares de personas. Así pues, con las ideas muy claras, decido subirme al metro y bajarme en las Ramblas.
Nada más salir del metro, frente al FNAC, me encuentro con la primera parada de flores. Detrás de una mesa de camping, cubierta con la señera de Cataluña, dos cubos llenos rosas y una cajita de madera con poemas escritos en papel, está Marc, un joven de 24 años que por cada rosa que compras te regala un poema. Me comenta que este es el primer año que vende rosas. A cinco metros están Antonio y su mujer María, ambos gitanos. “La tarde está muy entretenida y aunque la rosa roja es la tradicional, la azul cada vez se vende más”, me confirma Antonio, mientras que su mujer les vende una rosa a una pareja. Delante de ellos están Diego y Carmela, dos argentinos, que venden rosas, y que me comentan que a primera hora de la mañana un holandés les a preguntado que si vendían jarrones y como le han dicho que no se ha ido a comprarlo a un bazar y ha vuelto, con el jarrón, para comprar dos rosas. Observo que tanto la parada de Antonio y María como la de Diego y Carmela son idénticas a las de Marc.
Reemprendo el camino hacia abajo. Dos pakistaníes me hacen parar con la intención de que les compre una rosa y me argumentan que son las más baratas.
Un tumulto de gente rodea a un hombre. A lo lejos no distingo quien es. Decido acercarme. Finalmente, me doy cuenta de quien se trata: Jimmy Jump está promocionando su libro de fotografías con los mejores asaltos (sic) a los eventos deportivos. También vende camisetas como las que él lleva. Detrás de él, hay una enorme fotografía que acapara su improvisada parada. La foto es del pasado mundial de fútbol, cuando saltó al césped en un partido de la selección portuguesa y se puso al lado de Luis Figo. Como si de un relaciones públicas se tratara, habla con todo el mundo e incluso se hace fotos con los más curiosos.
Poco a poco voy caminando. Cada partido político tiene su caseta, donde se promocionan tanto ellos como sus libros. En la parada de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) se ha formado una cola de nueve personas. Al acercarme entiendo el porqué de la cola: Joan Puigcercós y Joseph Luís Carod-Rovira están firmando sus libros.
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“Aunque la rosa roja es la tradicional, la azul cada vez se vende más”.
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Junto a la parada de la ONCE, un hombre con una maleta, vende libros de aprender español. Cuatro personas, junto al hombre de los libros de aprender español, gritan: “Correo Basura, lo mejor de Internet. El libro más barato de Sant Jordi que no llega a los 10 euros”. La mesa y las sillas están cubiertas de un plástico de color naranja, ellos van vestidos de amarillo, como si fueran auténticos barrenderos, y los libros están dentro de cubos de basura. El libro va sobre el humor que se encuentra por Internet.
Hay paradas para todos los gustos: paradas de libros anarquistas, una parada de Greenpeace, paradas de libros de segunda mano, etc. La parada que más resalta es la de Edebe, donde todo el personal va con traje, la mesa es de color rojo, tienen globos rojos y blancos que representan sus colores y Mikel Valverde, escritor, está firmando su libro.
Me doy cuenta de que la gente, en el momento en el que se percata de la presencia de una cámara de televisión, disminuye el paso con la intención de salir en la pequeña pantalla.
Las imágenes de amor entre las parejas no paran de sucederse. Delante de mí una chica besa a su novio por que éste le ha regalado una rosa. Detrás de esta pareja van Toni y Rosa, que se quejan del precio de las rosas.
El flujo de gente es constante. Observo la calle Ferran y la sorpresa me hace detenerme. La realidad supera a la ficción, porque esta calle está saturada de gente.
Entre la gente que va por las Ramblas, e intentado mantener el equilibro, una mujer con zancos reparte propaganda de los libros de Angle Editorial.
“La verdad es que la mayoría de libros los compran las chicas, pero hacen dos cosas: uno lo compran para el chico y deciden comprarse otro para ellas. Pero también hay muchos chicos que regalan” declara Jordi, vendedor de libros, y añade que el aniversario del Quijote afecta a las ventas.
Ante mí se produce un hecho curioso. La situación es la siguiente: dos paradas. En una de ellas están Joan Spin e Imma Sust, dos presentadores showman (sic) de televisión, firmando el libro Catalunya Freak. Once personas están haciendo cola para que les firmen el libro. En la otra parada, pegada a la anterior, está Alfons Martí Bauça, escritor, que sólo tiene una persona para que le firme el libro.
A medida que voy bajando me doy cuenta que en las Ramblas las únicas que venden flores son las floristerías. No hay ninguna parada improvisada (sic) de flores, como delante del FNAC. Marta, dependienta de una de las floristerías, me confiesa que la gente se queja del precio de las rosas y que la rosa roja sigue manteniendo como la típica de Sant Jordi.
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“La mayoría de libros los compran las chicas, pero hacen dos cosas: uno lo compran para el chico y deciden comprarse otro para ellas. Pero también hay muchos chicos que regalan”.
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Detrás de mi, oigo a una niña llorar. Cuando me giro me doy cuenta que es una niña, de unos 5 años, que va con sus padres, y que llora porque no le han comprado una rosa.
A medida que me acerco al final de las Ramblas va habiendo menos gente. Aquí me encuentro a todas las personas que, haga el tiempo que haga y sean las fechas que sean, siempre están. Me refiero al vendedor de cupones de la ONCE, a los pintores de cuadros y los dependientes de las tiendas situadas al final de este lugar tan emblemático de Barcelona. A todos los que pregunto coinciden en que, para ellos, estas fechas tan indicadas no son muy buenas ya que hay mucha gente, pero poca se para a comprar.
Daniel Tortajada, un joven de 22 años, de Teruel, que por cuestiones de trabajo éste es el primer año que vive el Sant Jordi de Barcelona, me comenta: “Me sorprende la gente que hay. Es como si se les obligaran a salir de sus casa, aunque luego no compren nada”.